A tope Ibiza 24 horas de juerga
Miércoles, Julio 22nd, 2009
El «vuelo golfo»
El «vuelo golfo» es un viaje en horario nocturno que la compañía aérea Easyjet vende a un precio más económico. La intención, «llevar a la isla a todos aquellos que quieran disfrutar de la fiesta y las playas pitiusas sin la necesidad de tener un amplio presupuesto», indica Beatriz Fernández, directora de marketing de Easyjet para España y Portugal.
Desde que lanzaron esta partida al mercado en 2007 ha gozado de «gran afluencia de público, sobre todo de grupos de despedidas de solteros», según la compañía.
Los precios de salida, si se compran con dos meses de antelación, parten de 18,99 euros, hasta los 150, si se espera al último momento. Desde Madrid salen veinte vuelos de este tipo a la semana. Desde Bilbao, tres. No tienen previsto el despegue desde más ciudades españolas, pero sí, de cara al año que viene, incluir una oferta que incluya también discotecas.
Cinco madrileños de 23 y 24 años parten desde Madrid a la isla pitiusa para, en un día, sucumbir ante sus placeres. Sus aliados, un vuelo económico, el alcohol y la fiesta de una isla donde pocos duermen.
Terminal 1 del aeropuerto de Barajas. A lo lejos se ve llegar a los cinco madrileños, Nacho, Álex, Javi, Guillermo G. y Guillermo E. En las próximas 24 horas se han propuesto aprovechar con desenfreno Ibiza, «la isla más fiestera de España», como la califican.Van vestidos a propósito para la juerga de la noche: pantalón vaquero, camiseta y deportivas. El atuendo del día siguiente lo guardan en su pequeño equipaje: «toalla, bañador, el cepillo de dientes y condones, siempre llevo», comenta chusco uno de ellos. Se acercan a uno de los comercios del «dutty free» para comprar «algo indispensable» en este viaje: dos botellas de ron y una de whisky. Ahora sí, comienza la cuenta atrás.
Sonríen y bromean acerca de los planes «sin descanso» que les esperan. No disponen de mucho dinero. «Cuatro somos estudiantes y uno está en el paro». Los cinco madrileños se han aferrado al plan más económico. Para ello han contratado el ya conocido como «vuelo golfo» de Easyjet. «Pasar un día loco por poco dinero es muy tentador», explica Javi el estudiante de Economía, de 24 años.
El precio de partida son los 50 euros que han pagado por los vuelos de ida y vuelta». «Esperamos gastar lo menos posible, pero a ver en qué queda…», manifiesta Guille G., de 24 años, y, desde hace poco, desempleado.
«Marcha y más marcha»
La fila del vuelo con destino a Ibiza de las 23.30 denota el cariz del tipo de viajero predominante que se desplaza hasta la isla blanca en periodo estival. Grupos de chicos y chicas en busca de «marcha, marcha y más marcha». como dice eufórico uno de los jóvenes pasajeros.
Sobrevolando la Península comienza la jarana. Víctor, uno de los azafatos de vuelo, da la bienvenida a la clientela. «En breve pasaremos con un carrito por si alguno de ustedes desea algún refresco. Para aquellos que han cogido el “vuelo golfo”, pasaremos un botijo con agua». Las risas y el vocerío se atropellan, sobre todo cuando los cinco madrileños beben del piporro. A punto de tocar suelo ibicenco, los aplausos y silbidos entre el público se suceden.
El botellón, a la isla
Con el estómago semilleno «para no vaciar la cartera antes de tiempo», advierte Álex, de 24 años, y estudiante de Arquitectura Técnica, emprenden su particular búsqueda de una gasolinera «para hacer botellón». Cualquier producto en la isla tiene un precio elevado.
«Necesitamos vasos, refrescos y mucha bebida energética para aguantar toda la noche», informa Javi. La suma, 60 euros. «Es más barato que pagar cualquier copa en las discotecas», comenta jocoso Nacho el estudiante de Obras Públicas, de 23 años.Una chica que muerde un botón, se lo saca de la boca y se lo ofrece a los chicos a modo de pastilla. Parece estar colocada. Procede de la misma forma con otros clientes mientras bailaPor 35 euros adquieren en el puerto las entradas a la famosa, y más cara, discoteca de Ibiza, Pachá. «El precio no incluye bebida», aclara el vendedor. No importa. Los chavales llevan su preparado.
A escasos metros de la sala de fiesta encuentran un lugar donde ingerir su preciado tesoro. «El taxista nos ha dicho que aquí se puede beber en la calle, que para eso es de todos», dice reconfortado Guillermo E., técnico de mantenimiento de naves, de 24 años. A continuación, bebida, risas, anécdotas, más bebida y planes para menos de 20 horas.
«¡Vamos a bailar, chicos!», anima Javi. Ya han calentado motores con el alcohol. Sin intención de perder su «arsenal líquido» esconden la bebida detrás de un arbusto. «A ver si podemos entrar y salir para pimplar», comenta Javi. No lo consiguieron. «Consumamos una —por 15 euros— para aguantar el pedo», advierte Nacho.
La oferta de la droga
En menos de tres horas en la isla la oferta de la droga comienza para los viajeros «express». Antes de entrar en Pachá se acerca un joven traficante informando de que tiene de «todo lo que quieran». A los chavales les basta los «chutes» a base de Red Bull y ron que han ingerido minutos antes. En el interior de la sala, las imágenes de elegantes «gogós», ataviadas con monos de encaje ajustados a su esbelto cuerpo, se repiten al son de la música electrónica que monopoliza la isla blanca.
Los madrileños comienzan a «estudiar» al colectivo femenino. Al cabo de una hora, una mujer cuarentona, rubia platino, con un minúsculo vestido ceñido, se acerca a charlar con Álex. Parece que al margen de la conversación, la fémina tiene otra intención. El futuro arquitecto pide auxilio a golpe de tirones en la camiseta de Guille E. para deshacerse de ella. La mujer capta el mensaje y huye en busca de otro objetivo. La noche transcurre entre bailes, risas y alcohol. A las 7.00 de la mañana, cuando Pachá cierra, los madrileños pretenden continuar la fiesta. Aún les quedan reservas del botellón afuera. Semiacabadas, parten hacia el puerto en busca de un local abierto. Les cuesta encontrarlo.
Desde 2007, las autoridades han prohibido los «after hour» o fiestas diurnas en la isla para acabar con la imagen de «fiesta y drogas» que identifica a la isla.
Fiestas en fincas durante el día
Ahora, según cuentan trabajadores de Pachá Madrid asiduos de Ibiza, «la gente organiza “pool parties”, fiestas en fincas de alguien durante el día, donde suele haber piscina, y en las que acaban reuniéndose cerca de 200 personas, aunque no se conozcan. Allí hay lo mismo que en los “after”: música, sexo y drogas», dice uno de ellos. Para ir, «alguien te tiene que invitar», aclara otro.
Los cinco amigos dan con un lugar abierto a las 7.30 de la mañana. «Esto es un antro», dice Javi. El local, «Montana», por 10 euros la entrada, es una especie de pequeña cueva que alberga a gente de lo más variopinta. Una chica que muerde un botón, se lo saca de la boca y se lo ofrece a los madrileños a modo de pastilla. La joven se ríe al ver la cara de asombro de los chicos. Parece estar colocada con algún tipo de sustancia. Procede de la misma forma mientras baila con el resto de clientes.
La mañana transcurre cabeceando en Playa d’en Bossa, al este de la isla. Los chicos colocan sus toallas a escasos metros de Bora Bora, la discoteca a pie de playa que inicia su sesión de baile con música «house» a las 18.00 horas. Todo está predispuesto en la isla para la fiesta ilimitada, pero el efecto de la bebida energética ha desaparecido en los madrileños y, cuando aún quedan siete horas en tierra balear, la digestión de la comida los ha dejado fuera de juego.
Una decena de «modelos de arena fina» se pasean por la playa ofreciendo fiesta en otras salas para la noche. «Nos vamos hoy», repiten con pesar los aventureros. Los dos Guillermos llegan a sopesar la opción de quedarse un día más. «¡Vámonos esta noche a la fiesta en el crucero!», persuade uno a otro.
Camellos en la arena
El pedazo de playa que colinda con Bora Bora, en torno a un espacio de 100 metros cuadrados, reúne a una muestra de camellos que esperan en la arena a sus potenciales clientes. Un «hippie» de 30 años anuncia que vende cerveza mientras su perro bebe de la nevera donde tiene el producto. El chico informa de que a un metro de distancia de él «hay un vendedor de cristal —una droga química psicoactiva—. Esto está de moda aquí, pero yo aconsejo las setas alucinógenas, que son naturales», asevera. El joven desaliñado asegura que en ese palmo de tierra se puede conseguir lo que se desee.
Quedan tres horas para volver a Madrid. El interior de Bora Bora se ha convertido en un hervidero de jóvenes playeros que, vestidos únicamente con bañador o bikini y provistos de gafas de sol , bailan sudorosos incansablemente. Los chicos, envueltos en la música, se percatan de la hora. «Hay que recoger, chicos», anuncia Álex. Finalmente, todos regresan a la capital en el vuelo de las 23.30. Las 24 horas en la isla más cara de España les ha costado 200 euros a cada uno, pero se sienten satisfechos. Al despedirse en el aeropuerto de Madrid, Javi comenta que el ambiente de Ibiza es único: «La experiencia ha merecido la pena».
Fuente/abc.es